Encuentros (cuento)





A mi chica la conocí en mi propia casa, en la fiesta de diez años de casados que organizamos mi mujer y yo. Era amiga de una amiga de mi esposa que no quería estar sola esa noche: una “colada”. Aunque suene incongruente Helda sigue siendo mi esposa a pesar de la existencia de Lucía, mi novia, porque todavía no hemos hecho los trámites de separación legal ni divorcio. La verdad es que nadie tuvo mucho apuro ni interés en resolver legalmente algo que, en un principio, parecía haberse definido naturalmente.

En la fiesta no paraban de reírse de todo y observándolas daban la impresión de estar preguntándose a cada momento: “¿pero como pudimos haber tardado tanto en encontrarnos?” Al poco tiempo, y casi sin darme cuenta, ya eran intimas. Esto ayudó por igual tanto a que ganara su confianza como a que Lucía se enterara de todos mis defectos sin necesidad de padecerlos, pues mi mujer (no me puedo sacar la costumbre de llamarla así) se pasó los meses de “transición” despotricando contra mí de forma por lo general indirecta, aunque a veces también tan incisiva y certera como una flecha. Cabe destacar que siempre se las ingenió, supongo que inconcientemente, para que sus críticas vayan disfrazadas con tanta gracia que terminaran pareciendo bromas tiernas; como esas madres que se encuentran en las plazas para revelar, a través de bochornosas anécdotas que siempre tienen a sus hijos como protagonista, el cariño y admiración que sienten por ellos. En mi caso personal y dada la cantidad de mañas que tengo, entre las cuales se destacan mi imposibilidad de conciliar el sueño cuando me acuesto con alguien que se duerme primero que yo y la aversión al cigarrillo, esos tipos de relatos acrecentaban la risa a Lucía, quien pronto desarrolló un vinculo afectivo conmigo sin siquiera conocerme. Después las frecuentes visitas fueron haciendo su trabajo y finalmente la atracción terminó siendo tan fuerte como inevitable, hecho que no pasó inadvertido por mi mujer pero que nunca pareció molestarle. “Nosotros estamos unidos de por vida”, me decía “no importa que estemos juntos o no”. Al tiempo conoció a Raúl, su actual pareja. Todavía me acuerdo la extraña sensación de sorpresa, tristeza y satisfacción cuando me dijo “Cielo, creo que tenemos que tomarnos un descanso”. Empacó sus cosas y fue a lo de su madre. A las dos semanas ya estaba viviendo con él y Lucía se había instalado en casa.

Los primeros meses fueron inolvidables, de hecho no recuerdo haberla pasado tan bien en mi vida. Salíamos los cuatro y nos divertíamos como chicos haciendo inocentes travesuras. Pasábamos mucho tiempo juntos, tal vez mas del que nos reservábamos para la intimidad de la pareja. Era como si no estar los cuatro fuese tiempo perdido y estoy seguro que mientras duró, fue un sentimiento compartido por todos.
Pero es sabido que todo cambia, y lo que empezó con un dulce sentimiento de familiaridad terminó en una amarga desconfianza: una noche luego de beber unas cervezas mientras veíamos “Paris Texas” en casa de Helda todos nos quedamos dormidos. La primera en despertar, según Lucía, fue precisamente Helda, quien al parecer no me quitaba los ojos de encima. Desde entonces comenzó a sentirse cada vez mas molesta con la manera que teníamos de tratarnos mi mujer y yo.  Y frases como “No te das cuenta como te mira?” se hicieron mas que cotidianas.
Yo la verdad que no me daba cuenta. Para mi siempre me había mirado igual pero ella insistía en que no. Tanto insistió que nos vimos obligados a distanciarnos. El grupo se disolvió y no volvimos a encontrarnos a pesar de vivir tan cerca.
Desde entonces con Lucía nos llevamos de mal en peor. Y no es casual, yo estoy convencido de que su prohibición a que la llame es la principal causa de nuestro problema mientras que ella insiste en que la verdad es que sigo enamorado de ella.
Pero a ver, qué otra cosa es el amor sino la fuerza que hace que dos personas permanezcan unidas a pesar de cualquier contratiempo?
El caso de mi mujer es distinto, no es amor: fue amor. Estuvimos juntos mas de doce años. Creo que eso es lo que precisamente mas le molesta a Lucía, que entre Helda y yo haya habido amor.
Y no quiero decir con esto que no ame a Lucía, solo quiero decir que le da celos que haya amado a alguien durante tanto tiempo y que me haya llegado a conocer en profundidad. Y también en alguna medida, que nuestro amor haya perdurado.
De todas formas para mi Helda es una historia terminada aunque me molesta profundamente que Lucía me tenga terminantemente prohibido verla o llamarla. Cómo puede pretender que de buenas a primeras deje de comunicarme con quién hablé todos los santos días durante doce años?
Para colmo desde nuestra ventana se ve la de Helda y Raúl porque en el idilio de parejas modernas decidimos comprar en la misma manzana.
Tienen todas las luces apagadas excepto la del dormitorio. Es un velador, el de Helda. Lo reconozco porque da una luz anaranjada, cómo olvidarlo. Se lo regaló su madre que recién llegaba de Estambul cuando Helda cumplió 25 años.
Cuando vivíamos juntos Helda se acostaba bastante tarde, aunque nunca mas tarde de las 02.00. En qué estará pensando que no se duerme?
Miré el reloj: 02.15
La llamo?
Lucía me lo prohibió terminantemente pero… la llamo, sí, quién se va a enterar?- pensé.
Diga?- preguntó Helda con asordinada indignación.
Hola, soy yo.
Antonio, que hacés llamando a estas horas?
Nada, como veía que no te dormías me pregunté si todo andaría bien…-
Si, todo bien. Raúl duerme y yo estoy atrapada en una novela. Vos?- susurró Helda.
Yo bien aquí, terminando un trabajo- mentí.
Vos trabajando a estas horas…? No te podés dormir, eh? Es eso, no es cierto?
Es que ya sabés…, si no me duermo primero no puedo…-
Ya ya- interrumpió Helda. Llevate el teléfono a la cama que te espero.
-Segura? -pregunté estúpidamente- No se enojará Raúl?
-No lo escuchás? Ronca suave y parejo como un osito. Y Lucía?
-Está en la misma posición desde que se durmió, hace ya mas de dos horas.
-Bueno, metete en la cama e intentá dormir.
-Estoy en eso- dije en voz baja mientras me dirigía a la habitación.
-Gracias, Helda, de verdad.
-No es nada, sonso- contestó tiernamente.-Cuando te escuche dormido corto, está bien?
Si si- dije en voz ya casi inaudible al tiempo que buscaba mi lugar entre las sábanas.
Conecté los auriculares al teléfono móvil, me los coloqué cuidadosamente y con extrema delicadeza me tapé hasta los hombros. El cuerpo de Lucía estaba caliente, el perfume de su pelo me pareció exquisito y la tersura de su piel una invitación a soñar cosas bellas. El paso de las páginas y algunos suaves bostezos del otro lado del teléfono hicieron el resto.