Revelación (cuento)


A La Gomera fui con el firme propósito de poner fin a tanto sufrimiento, mi vida sin ella no tenía sentido alguno. Me pareció lo suficientemente romántico escoger el lugar donde nos conocimos para intentar un reencuentro poco probable pero no por ello menos soñado. Ella se había ido repentinamente, de lo que llaman muerte súbita. Lo que nunca imaginé es que una empresa tan sencilla pudiese encontrar tantas dificultades.
Una vez en Playa Grande, alquilé un apartamento sobre las colinas con vista al mar, según el pronóstico meteorológico un día me bastaba pero el dueño insistió en que el alquiler se efectuaba por semana. No discutí, solo me interesó saber una cosa:
-El pago es por adelantado?
-Puede hacerlo cuando usted quiera- explicó con amabilidad gomera.
Su respuesta me tranquilizó, no llevaba efectivo suficiente y no tenía intenciones de que mis últimos movimientos en esta vida fueran precisamente bancarios.
No tenía hambre pero su mujer insistió:
-Esto no lo encontrará en ningún otro sitio- me aseguró.
No se equivocaba. El potaje de berros servido en plato de madera de sabina me pareció una exquisitez. La cazuela de pescado fresco con papas bañadas de almagrote me emocionaron hasta las lágrimas.
Después de cenar y como para aliviar mi sensación de culpa dije:
-Esta cena es impagable.
Me fui a dormir temprano, al alba tenía mi ansiada cita con el mar que para entonces tendría la suficiente bravura como para invitarme a entrar y no dejarme salir.
Soñé la risa de mi madre y el sonido de su voz y la de otros parientes que me arrullaban con su conversación proveniente del cuarto contiguo a mi habitación de niño.
Me desperté a las seis, bebí un vaso con agua, tendí la cama y dejé una pomposa nota que al releer me sacó una sonrisa, decía así:
“Perdón por las molestias ocasionadas, agradezco al destino la calidad de mi ultima cena y la generosidad de mis comensales.”
Bajé por intrincadas escaleras hasta la calle principal, bordeé el platanal y llegué a un páramo a orillas del mar en el que solo había un depósito de bananas hecho de piedras que las grandes olas se empeñaban en golpear con monótona firmeza.
La temperatura ambiental no era tan cálida como para desnudarse, además las ropas favorecerían mi cometido, por otro lado y luego de tocar el agua con la punta de mis pies, me resultó mas orgánico despedirme de este mundo del mismo modo en el que vine… Cuando me hube decidido una voz de sabio gritó:
-Está muy bravo, no se lo aconsejo.
Le referí sintéticamente mi propósito. Su reacción me dejó perplejo:
-Me promete que lo hará?
-Si- dije, un poco extrañado.
-En ese caso debe escuchar mi historia puesto que nadie mejor que un valeroso suicida para devolver al mar toda mi gratitud.
Tanto su aspecto (barba blanca con bigotes amarillentos de fumar pipa; tez rojiza, achicharrada por la sal y el sol; y cabellos largos y canosos alrededor de su calva) como su pronunciación, fisonomía (ambas inconfundiblemente del norte de Europa), y carácter (severo y grotesco pero no exento de gracia) lo convertían en el exacto estereotipo de marinero un poco loco que todos tenemos (o debiéramos tener).
A continuación intentaré enumerar los hechos mas sobresalientes de su exposición y aquellos que deduje estando en su reveladora compañía.
Tenía 79 años (aunque la agilidad y el entusiasmo de un joven de 50); renunció a la propiedad privada y a una apacible vejez de geriátrico cinco estrellas para vivir sus “últimos años” (aunque llevara allí mas de cinco y a juzgar por su estado de salud le depararan muchos mas) debajo de la veranda del depósito de bananas en el que lo conocí, junto a su inseparable compañero: el mar. Dominaba cuatro idiomas; se alimentaba de lo que algunos restoranes del pueblo desechaban o guardaban para él; nadaba una hora por día todos los días del año; intuía la procedencia, material de construcción, peso, metros de eslora y calado de todas las embarcaciones que divisaba desde la costa; sabía todos los horarios de los aviones y trasbordadores de la zona, los cuales anunciaba diciendo el nombre de la empresa para los que operaban seguido del recorrido que efectuaban, antes de que se los pudiera ver en el cielo o en el horizonte; descifraba el nombre de los pájaros por el sonido que emitían; era un ávido lector y excelente orador.
Había dedicado su vida, enteramente al mar. En su primera juventud supo navegar los mares Báltico, del Norte, Cantábrico y Blanco;  a la edad de 30 años y a bordo de un barco danés recorrió los cinco océanos; sobrevivió a un naufragio en altamar; acumulaba cuatro matrimonios, todos ellos con tailandesas. La primera le había regalado un billete de lotería que supo ser el ganador pero que él había preferido conservar como amuleto de la suerte, y por lo visto le había dado buenos resultados ya que parecía un hombre feliz. Me lo mostró, el número era muy fácil de recordar, constaba de siete cifras iguales: el número siete.
-Bonito número, verdad?
-Capicúa- dije
El viejo no pareció entender pero usó mi intervención para dar por finalizado su maravilloso relato, y devolviendo el desteñido y deteriorado talismán a su bolsillo miró al sol y dijo:
-Se está haciendo tarde, no lo entretengo mas.
Me terminé de vestir, encendí un cigarrillo y, conmovido por el metafísico encuentro, expliqué:
-Antes, tengo una deuda que saldar, regreso en seguida.
El viejo marinero, que si de algo no pecaba era de ingenuo, me miro sorprendido y articuló, tal vez ignorándolo, tal vez no, las palabras mas alentadoras que en aquellas circunstancias yo hubiese podido interpretar:
-Le aseguro que en mi vida he conocido muchos impostores- dijo con inflexión seria mientras negaba con la cabeza- pero como usted ninguno.

Volví al departamento apresuradamente no sin antes pasar por el cajero automático del pueblo, beber un café y comprar el diario. Al llegar encendí el televisor que se encontraba empotrado en la pared, en una de las esquinas del salón comedor; un dibujito animado japonés me distrajo de las noticias gráficas mas importantes. Fui a una de las últimas secciones del diario, la que verdaderamente me interesaba, el tordillo no me había fallado, lo había comprado Rita antes de morir y yo le había jugado todos mis ahorros a la última carrera de la noche en lo que me pareció un acto de amor póstumo, corría siempre con el número siete: no pude ocultar mi emoción al ver tal número en la primera posición.
Rompí la nota, dejé tres días pagos junto a las llaves (me pareció que dejar siete podría traer mala suerte) y me dirigí al aeropuerto. Lo único que lamenté fue no haber tenido la posibilidad de ofrecerle al viejo marinero un desayuno como la gente a manera de agradecimiento, pues el siguiente avión hacia Santa Cruz de Tenerife saldría al mediodía, según él mismo me refirió, y todavía me faltaba comprar el pasaje. Me conformó pensar que tal vez se habría negado. No podía perderme ese vuelo, la mera idea de perderlo, aunque tuviese tiempo de sobra, me inquietaba; era el único que hacía la combinación con el de Madrid, a tiempo para pasar a cobrar por el Hipódromo justo antes de que cerrara.